Abuso
El resplandor del sol entra por la ventana de la habitación. Y yo lloro, lloro por el sol y por las penas. La mesita de luz está abarrotada de pastillas que decidí dejar de tomar, aunque él no lo sepa. Y yo me siento igual que mis pastillas como en un frasco al que taparon a rosca. A veces creo que las paredes se van a ir cerrando hasta aplastarme y me van a liberar de la opresión. No sé cuándo mi vida cambió tan de golpe. Los besos se convirtieron en gritos, las frases de amor en odio y la casa en mi presión. Lo cierto es que un día dejé de verme. Me transformé en una especie de robot que no sabía qué más hacer para agradarle. Hasta que perdí mi autonomía y sólo me limité a ser la mujer que él quería, otra, muy distinta de mí. Esa tarde lo tenía todo decidido. Iba a tomar un micro y me iría lejos. Por la mañana había ido hasta la estación y había comprado un pasaje. Pero él llegó antes de trabajar. El ruido de las llaves en la cerradura hizo que mi corazón se paralizara. Quedé parada como una columna de cemento, inmóvil en el medio del comedor. Mis dedos se pusieron rígidos y sentía que no respondían a mis estímulos, se adhirieron como imanes a ambos lados de mis caderas. El pánico impidió que corriera para esconder la valija que estaba sobre la cama a medio hacer. Casi que me quedé esperando a que llegara el arrebato inevitable y sudé con un sudor frío que me recorrió mientras veía acercarse a mi habitual agresor como en una nebulosa. Creo que en ese momento me entregué a mi inevitable destino sin intentar si quiera huir. Era como pelear una batalla desigual. Me preguntó cómo yo había imaginado que podría escaparme de él. Me insultó y me tomó con ambas manos llevándome hacia la pared y apretándome en el cuello como para estrangularme. Entonces me defendí con una patada que lo alejó de mí por un instante y corrí a buscar un cuchillo del cajón de la cocina, pero se me abalanzó y cayó con toda la fuerza de su cuerpo sobre el mío. En ese momento sentí un dolor insoportable en mis piernas, como si mis huesos se hubieran roto, y caí contra la cerámica del piso, después no recuerdo más, hasta que desperté en el hospital porque, según la historia que les contó a médicos, enfermeras y a la policía, yo me había resbalado baldeando la cocina y él me había encontrado tirada en el suelo inconsciente al volver del trabajo. Es increíble su poder de convencimiento, su retórica impecable, porque ni siquiera pusieron en duda sus argumentos.
Desde ese día no le hablo, los médicos le dijeron que es por el shock post traumático y tal vez sea irreversible. Estoy en una silla de ruedas porque mis piernas todavía requieren de yeso. Pero no pierdo las esperanzas, espero el momento oportuno para que mi voz pueda ser escuchada y alguien venga a rescatarme de este infierno. Ya no le importa si estoy en la vereda tomando aire, total, como él me dice, a quien le vas a contar tus desgracias si ni siquiera servís para hablar. Lo que no imagina es que en mi condición tan “vulnerable” ya le conté mi historia a una vecina que tiene un amiga en la policía y además guardo un cuchillo bien afilado debajo de mi cama. Es sólo cuestión de tiempo… Me queda esperar sentada que llegue el día de hacer justicia…
Desde ese día no le hablo, los médicos le dijeron que es por el shock post traumático y tal vez sea irreversible. Estoy en una silla de ruedas porque mis piernas todavía requieren de yeso. Pero no pierdo las esperanzas, espero el momento oportuno para que mi voz pueda ser escuchada y alguien venga a rescatarme de este infierno. Ya no le importa si estoy en la vereda tomando aire, total, como él me dice, a quien le vas a contar tus desgracias si ni siquiera servís para hablar. Lo que no imagina es que en mi condición tan “vulnerable” ya le conté mi historia a una vecina que tiene un amiga en la policía y además guardo un cuchillo bien afilado debajo de mi cama. Es sólo cuestión de tiempo… Me queda esperar sentada que llegue el día de hacer justicia…
FIN
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