M
ientras yo luchaba procurando que los hombros de mi vestido no me quedaran de pulsera, Rosita se movía garbosa entre los asistentes al baile. La orquesta del pueblo hacía sonar una canzonetta italiana. Entre la gente, vimos caminar a Guiseppe hacia nosotras y para mi espanto Bruno Rovatto venía detrás de él. Era el chico menos guapo del pueblo. Usaba unos lentes redondos de vidrio verde, tenía el cabello negro, que siempre parecía engrasado, y los pantalones que le quedaban cortos de tiro. Sin embargo teníamos algo en común, la infinidad de granos que la pubertad era capaz de poner de manifiesto en nuestros rostros adolescentes. Entonces, Guiseppe muy entusiasmado sacó a bailar a mi amiga mientras Bruno extendía su mano hacia mi persona en señal de que fuéramos a la pista. Lo seguí hasta que estuvimos en el centro y me hizo dar vueltas como calesita al ritmo de la música, tanta fue mi mala suerte que en el frenesí del giro me trastabillé, me torcí un pie y caí al suelo rompiéndome el zapato. Como impulsada por un resorte, me paré lo más råpido que pude. Sentí que todos me miraban al tiempo que crecía mi dolor y mi bronca. Así que, intentando que no se notara mi renguera, me escapé como una laucha hasta el baño del que no salí hasta casi dos horas después en que apagaron la última luz. Abandoné mi guarida cuando creí que ya no quedaba nadie. En realidad estaba equivocada porque al salir topé directamente con Bruno que me esperaba para acompañarme hasta mi casa. Me saqué el zapato que aún conservaba su taco e iniciamos la caminata. A lo lejos, mientras sus siluetas se iban achicando, vi a Rosita y Guiseppe tomarse las manos y comprendí que Guiseppe, de quien estaba enamorada desde primer grado, no sería para mí. Y, cuando menos lo esperaba, sucedió, Bruno, con la impavidez propia de quien da todo por perdido, hizo la pregunta fatal.
Comentarios
Publicar un comentario