“Y se
miraron otra vez. El tiempo se detuvo en las calles desiertas. Olfateó
vestigios de dolores pasados.”
Cuando la vio entrar al hospital casi
inconsciente y tendida en una camilla, el aluvión de su vida se le vino encima.
La infancia en la desolación de aquel pueblo casi muerto, el abandono. La tía
Ruth que le había dado una familia amorosa, la había estimulado a estudiar y a
realizarse profesionalmente. Se veía a sí misma en la mecedora que acompasaba
sus horas de estudio en el confortable porche a la luz de los faroles que
iluminaban la calle. Malena era médica en el hospital central y el covid 19 la
tenía trabajando incesantemente hacía meses. Juliana había dejado su casa natal
después de esa noche fatídica y nunca más supo de ella. Malena olvidó los
resentimientos y rencores que se le habían enquistado haciendo fuerza en sus
desesperados intentos por emerger. Hasta ese momento creyó que lo había
logrado, que podía sepultar los primeros años de su niñez.
-Traemos a una paciente que dio positivo y
necesita oxígeno -dijo el enfermero que portaba la camilla.
-Directo a terapia- ordenó Malena- Que ocupe
la cama cuatro, asistan con suero. Monitoreo constante. Quién acompaña a la
paciente?- preguntó.
-Un joven que dice ser su novio-expresó el
enfermero.
Javier era un hombre atractivo y fuerte. Malena
se le acercó y se presentó con ciertas reservas. No sabía si su hermana le
había hablado de su existencia. Enseguida supo que no. Él le dijo que ella no
tenía familia, que sus padres y su hermana habían muerto en un accidente
automovilístico y no quedaba nadie más. Estaba más que claro que ella había
iniciado una nueva vida.
-Necesitaría saber si estuvieron en el
exterior o tuvieron contacto estrecho con alguien que hubiera estado en países
afectados.- preguntó tratando de olvidar el dolor que le provocaba que la
hubiera negado.
-Sí, acabamos de llegar de Brasil y nos sometimos
a la cuarentena, pero evidentemente nos contagiamos.-angustiado.
-Cálmese que lo van a llevar a tercer piso al
laboratorio para hacerle el testeo y le van indicar cómo seguir-señalando a un
enfermero para que se acercara- y descuide que su novia queda en muy buenas
manos.- tranquilizándolo.
Había repetido el mismo parlamento muchísimas
veces, pero ahora le tocaba de cerca. Tenía la esperanza de que ella se
recuperara y pudieran enfrentar el secreto que las había transformado.
Después de catorce horas trabajando sin parar,
Malena se fue a casa. Se dio un baño, comió algo y con la nostalgia de
recuperar su cotidianeidad, se encendió un cigarrillo y salió al balcón. Miró
su reloj y entendió que ya era demasiado tarde para disfrutar del regalo
que les hacía de tanto en tanto una vecina del edificio de enfrente al
interpretar un aria de Rigoletto o de la Traviata. Ningún sonido la
acompañaba. Buenos Aires se veía estática como una pintura exhibida
en un museo. Inerte. Ni un transeúnte trasnochado se atrevía a perturbarla. Así
que sus pensamientos viajaron en el tiempo veinte años atrás a ese instante en
que las llamas del incendio se llevaron los rastros del sufrimiento. De golpe
había desaparecido todo lo que las había lastimado. El olor a quemado y el
tizne impregnado en las paredes, nunca la abandonaron, se
encargaron de recordarle que guardaría un secreto eternamente. Una
herida que se reabrió cuando la vio en el hospital.
En la soledad de su
departamento volvió a tener una vivencia remota en la que tendría
cuatro o cinco años. Oyó llorar a su hermana. Entonces se levantó y en puntitas
de pie se acercó hasta la puerta y la abrió. ¿Por qué era ella la única que la
escuchaba? -siempre se lo había preguntado-. Su madre estaba borracha tirada en
el sofá del living mirando el vacío como enajenada. Ramón salió de la
habitación de Juliana abrochándose el pantalón, desaliñado y con una botella de
ron en la mano. Le gritó que se fuera a dormir y desapareciera de su vista,
que no se metiera en lo que no le importaba, entonces se tropezó y terminó
tumbado en el sillón. El olor a alcohol estaba impregnado en toda la casa, era
nauseabundo, le repelía. Pero en esa ocasión se había animado a desoírlo y
atravesó el comedor. La escuchó quejarse, entonces puso su mano pequeñita en el
picaporte de la puerta y la abrió, ella se le abalanzó en un abrazo lleno de
dolor y de desasociego. A la mañana siguiente, su madre pareció no comprender
la pesadilla que sus hijas habían pasado la noche anterior. Les preparó el mate
cocido y tostadas como si nada. Hasta cepilló el cabello de Juliana y le hizo
una trenza infinita. No reparó en las ojeras y moretones que tenía. No le
preguntó nada. Malena fue testigo involuntaria de esas escalofriantes escenas
que se hicieron cada vez más frecuentes.
Esa noche intentó dormir. Lo hizo de a ratos. A
las seis sonó el despertador. Como una autómata se dio una ducha, se puso su
bata médica, preparó un café bien cargado y emprendió en su auto el camino al
hospital. A veces intentaba no escuchar la radio ni ver la televisión. Las
estadísticas contra ese enemigo invisible, como llamaban al virus, eran
aterradoras. El país estaba en cuarentena, como el resto del mundo. El
aislamiento social era la vacuna, la única manera de protegerse. El tiempo se
había detenido. Qué sucedería después era una incógnita. Prefería no pensar,
muchas vidas estaban en sus manos.
-Doctora, la paciente de la cama cuatro
pregunta por usted. Salió de terapia, está en una habitación aislada.- profirió
una enfermera.
En el segundo piso estaban los pacientes que ya
no requerían de asistencia especial. Entró a la habitación y la miró dándose
tiempo para verla realmente en el fondo de esos ojos celestes y hermosos que
tenía. Vio la tristeza de la inocencia que le habían robado, vio el
resentimiento por haber sido ella la elegida, vio el dolor de una madre
desalmada e indiferente, vio la cruz por el desenlace trágico. Sólo atinó a
tomarle la mano y pedirle perdón, ahora era capaz de mirar los hechos con ojos
de adulta.
-Perdón por no haberme dado cuenta antes, por
aceptar que las cosas eran así, por ver que te ibas apagando día a día y no
reaccionar, por no animarme a preguntarte qué te pasaba, perdón- expresó Malena
con lágrimas en los ojos.
-No hay nada que perdonar. Vos eras muy
chiquita y yo era adolescente. Además cómo podía la mente de una niña imaginar
tanta perversión. No hubieras podido. Necesito explicarte lo que pasó esa
noche, la vida me puso frente a esta oportunidad y tengo que aprovecharla…
-No digas nada. Eso quedó en el pasado y creo
que te debo mi silencio- dijo Malena- es lo mínimo que puedo hacer por vos.
-Yo necesito desahogarme y explicarte. Sacá de
mi bolso un sobre que tiene tu nombre y leélo cuando estés tranquila.
Al regresar a su casa lo leyó.
…Yo provoqué el incendio. Te dejé a vos en la
escuela como todas las mañanas, pero volví a casa. Había tres botellas de vodka
vacías sobre la mesa. Mamá estaba en la cama tendida boca abajo con otra
botella en su mano y Ramón a su lado también destilaba alcohol. Lo había
pensado muchas veces. Si ellos no existieran tal vez pudiera vivir sin el
pánico de que él entrara a mi habitación por las noches y me violara. Fui a la
cocina, dejé el gas abierto, y con un trapo embebido en whisky me acerqué a la
cortina de la habitación y prendí el fuego que recorrió en llamas toda la casa
en minutos. Los suficientes para que ellos no pudieran escapar. A vos te
llevaron con tía Ruth y a mí a un internado hasta la mayoría de edad. Entonces
me propuse ser feliz y si no te busqué fue para que pudieras empezar una nueva
vida libre de todo lo que te recordara la infancia, incluida yo. Pero siempre
supe de vos y de todos tus logros.
Te amo con el alma. Tu hermana Juliana…
Entonces comprendió el significado de aquel
abrazo la noche en que la había sorprendido en su habitación. Ahora sentía
empatía por esa jovencita de doce años, tan vulnerable e indefensa. Comprendió
a su hermana. No pudo contener el llanto. En medio del dolor y las muertes que
provocaba la pandemia, ella por primera vez en su vida se sintió libre y en paz.
Comentarios
Publicar un comentario