El mundo por delante
Segunda parteEl conductor del autobús pisó el freno y los pasajeros se abalanzaron en una convulsión que hizo
que Indira despertara bruscamente al sentir un fuerte dolor en la frente. Se había golpeado con unos trastos que volaron desde los asientos traseros. Al descender del micro la polvareda y el calor la aturdieron. Caminó entre las tiendas de un mercado que exhibían todo tipo de objetos y alimentos a la venta. Siguió al resto de los viajeros en una intensa travesía. Después de cinco horas de fatiga, divisar la enorme embarcación sobre el espejo del Índico le devolvió la esperanza. Sacó de su bolsa el pasaje prolijamente doblado que había guardado en su monedero y lo entregó a un hombre de baja estatura que parecía ser un oficial de a bordo. Subió por la rampa y se ubicó en su asiento. Los rostros de personas desconocidas se iban volviendo familiares a medida que transcurrían las horas de viaje. Un viaje tantas veces imaginado y tan distinto. El estómago producía disonantes acordes que le recordaban que llevaba más de un día sin comer. El lugar a su derecha estaba vacío. Decidió recostarse y se durmió un rato para olvidar el hambre. Alguien le tocó el hombro. Indira abrió los ojos y lo vio. Sus miradas se adentraron y se recorrieron en el tiempo que le llevó enderezarse y recuperar la postura. Él se sentó y le pidió disculpas por despertarla, pero le ofreció que se recostara sobre su pecho, que no le molestaba. Indira se dejó llevar por lo agradable de la situación. Escuchar el rítmico sonido del corazón de su acompañante la sumergió en un plácido descanso. Dos horas más tarde, una joven la sacudió para avisarle que habían llegado. Se levantó abruptamente, notó que el muchacho ya no estaba. Preguntó entre la gente. Alguien le dijo que seguramente estaba confundida porque la había observado dormir casi todo el viaje y nadie la acompañaba. Aturdida y golpeándose con todo lo que había a su paso llegó a la escalinata de descenso.Entonces lo vio alejarse entre los pasajeros que iban y venían en el puerto y comprendió que no era una aparición, no se trataba de un fantasma. Una fuerza involuntaria la llevó a tocar el bolsillo derecho de su vestido y con desilusión notó que su dinero ya no estaba. Este había sido su primer encuentro con el mundo real, el primer embate, tan real como que se encontraba sola, lejos de casa y sin una moneda.
Comentarios
Publicar un comentario