Como siempre cuando estaba ella al lado, nadie
notaba mi existencia. Yo me iba encogiendo hasta transformarme en algo
minúsculo, insignificante, como la última galletita húmeda que queda en un
paquete y todos evitan. Sus bucles rubios parecían dibujados. En cambio, mis
cabellos eran insípidos, característica que compartían con el resto de todo mi
aspecto. Pero el inicio de mi frustración apareció como un tsunami cuando
comprendí que estaba muy lejos de ser perfecta. Y eso fue en cuarto grado
cuando la profesora de dibujo tomó de modelo las facciones de Rosita para
explicarnos los conceptos de armonía, belleza y equilibrio, dejándonos al resto
boquiabiertas. Expresión que duró hasta que afortunadamente la campana sonó
permitiéndonos escapar de la vergüenza y el escarnio.
Mientras mi amiga lánguidamente se desplazaba como una gacela por la vida, yo rebotaba cual pelota de goma a un ritmo desacompasado. Era un fideo desgarbado que siempre parecía querer huir de convertirse en un spaghetti al pesto. Mi cara se veía como un mapa físico. Montañas de granos y puntos negros que a veces entraban en erupción como un volcán cuando me los apretaba. Y para coronar tal retrato, ahí estaba la protagonista, mi protuberante nariz, igualita a la de mi padre, pero triplicada y muy parecida por su inclinación a la torre de Pisa. Esa era la deplorable imagen que yo tenía de mí a los trece años. En aquella ocasión la fotografía se completaba con el absurdo uniforme que las Hermanas Clarisas seguramente habían diseñado en uno de esos días y actuando como el perro del hortelano, que ni come, ni comer deja. Por lo tanto parecíamos salidas de un convento del medioevo. Mis piernas se veían como dos escarbadientes enfundados en las medias que terminaban en el infinito. Sin embargo el broche de oro era la ancha bincha que exponía mi rostro innecesariamente. Pero lo que a mí me mostraba como una atracción de circo, a ella la hacía ver como Audry Hepburn en Sabrina.
Aquel día estábamos en la plaza de Novellara cuando salió de la misa de 10 el chico más lindo del pueblo, Guiseppe. Rosita ni lo miró, pero dijo las tres palabras que arruinarían mi vida para siempre...
Mientras mi amiga lánguidamente se desplazaba como una gacela por la vida, yo rebotaba cual pelota de goma a un ritmo desacompasado. Era un fideo desgarbado que siempre parecía querer huir de convertirse en un spaghetti al pesto. Mi cara se veía como un mapa físico. Montañas de granos y puntos negros que a veces entraban en erupción como un volcán cuando me los apretaba. Y para coronar tal retrato, ahí estaba la protagonista, mi protuberante nariz, igualita a la de mi padre, pero triplicada y muy parecida por su inclinación a la torre de Pisa. Esa era la deplorable imagen que yo tenía de mí a los trece años. En aquella ocasión la fotografía se completaba con el absurdo uniforme que las Hermanas Clarisas seguramente habían diseñado en uno de esos días y actuando como el perro del hortelano, que ni come, ni comer deja. Por lo tanto parecíamos salidas de un convento del medioevo. Mis piernas se veían como dos escarbadientes enfundados en las medias que terminaban en el infinito. Sin embargo el broche de oro era la ancha bincha que exponía mi rostro innecesariamente. Pero lo que a mí me mostraba como una atracción de circo, a ella la hacía ver como Audry Hepburn en Sabrina.
Aquel día estábamos en la plaza de Novellara cuando salió de la misa de 10 el chico más lindo del pueblo, Guiseppe. Rosita ni lo miró, pero dijo las tres palabras que arruinarían mi vida para siempre...
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